junio 07, 2007

notas previas sobre el exilio

El triunfo de lo civilizado implica la permanencia del hombre en su lugar. Implica además la necesidad cultural de aferrarse a lo tangible de su tradición, eso que vemos, que oímos, y que sentimos como propio. Y también a lo que no vemos, ni oímos, pero que recordamos y creemos verdad. La comunidad, entonces se levanta como el referente soporte de nuestro ethos. De eso que –material o inmaterial- nos constituye como partes de una totalidad mayor y a la vez como una totalidad en nosotros mismos.



Organización, justicia, y verdad y también patria, y otras tantas palabras y ficciones que nos visten y nos crean como personas en cuanto vivimos como civilizados y nos decimos y nos creemos gente normal. Todas, -cada cual más pretenciosa, pedante y llena de pudores escondidos- focaliza nuestros intereses y determina nuestros deberes en su función.

¿Pero qué sucede cuando este sistema de valores nos es contrario, y a la vez nos quiere fuera de su universo de alcance?

El verse obligado a marchar desde donde ya se han echado raíces, duele. No tanto por lo costoso del viaje mismo, como por las consecuencias que este trae. Sentirse alejado del lugar propio es no sentirse a gusto en el nuevo lugar y mucho más aún, sentir que todo lo que nos rodea en este nuevo lugar no tiene sentido alguno. Es una experiencia y por momentos es un suplicio.

Como vemos, entonces el exilio se constituye a partir de lo personal. A partir de un algo -un algo que se vive y se experimenta en comunidad-, que llamémoslo país, o llamémoslo casa, o simplemente reloj. Ese algo puede pertenecer particularmente a mí, o bien, a un colectivo al que yo pertenezca. Cualquiera sea la opción, se presenta en nuestra individualidad –en mi individualidad- con la posibilidad de generar un grado de identificación y de pertenencia con ese algo. Una posibilidad de necesidad de éste en mi, que –en mayor o menor medida- me determina y me predispone.

Ahora bien, cuando se pierde esto que se tiene, cuando se pierde este algo significante, evidentemente se le recuerda, y con no menos angustia, se le lamenta. Pero, aún cuando por momentos la memoria tiende a ser frágil, este algo que indudablemente se quiere, no se olvida con facilidad.

Entonces se configura el exilio.



El sentido de identificación y el sentido de pertenencia constituyen la nostalgia del exilio. Lo patrio, -lo patrimonial, lo que viene del padre, de la raíz, lo verdaderamente propio- se recuerda desde lejos. Y se recuerda con nostalgia, por que ya pasan a ser ideas que se generan desde y para la memoria, ideas que en algún momento nos fueron inmanentes, y que nos fueron propias, ya que las pudimos disfrutar en su entera actualidad, pero que ahora y por algún motivo ya no lo son. No se disfrutan, ni se viven como tal. Son solo justificadores de la nostalgia.

Son historias personales, narraciones cargadas de emoción, que se reflejan en fotos, diarios de vida, testimonios, pasaportes, pinturas, ropajes manchados en sangre y también manchados en sudor, y también en angustia y sufrimiento.

3 comentarios:

SugarCube dijo...

y qué hay del exilio que uno mismo se impone cuando lo añejo -que es la añoranza- se va a la vuelta de la esquina y uno espera y espera y espera y espera, hasta que se da cuenta que los bichos mutaron y no tiene nada que hacer sino que cambiar sábanas, botar pañuelos y trapos sucios y salir y salir y salir y salir..
y las recaídas, y las fiebres que se estacan y los escalofríos y la tontera de cada día..
yo estuve en el exilio.

saludos,
un beso y un trébol
de cuatro hojas.

Anónimo dijo...

oye
si yo
si yo
si yo te quiero
así como
harto,
un poco mucho

martina p.r. dijo...

y así somos apátridas... o futuros ciudadanos del mundo, o gente sin raíces, o negada a tenerlas.
y quién decide cúando y por qué exiliar?